Me duele, cada vez, que me acuerdo de ti

domingo, 8 de julio de 2007

Hay algo mucho peor que la añoranza por lo que un día tuvimos y perdimos para siempre. Es ésa otra, una melancolía mucho más profunda, con unas raíces mucho más hondas y retorcidas, una tristeza intensa, subterránea y velada, pero tan cáustica como la lava de los volcanes fraguándose antes de salir a la superficie. Porque esa melancolía, ésa que supera con creces la tristeza de recordar lo que fue pero ya no es, es como un volcán dormido, latente pero activo, que de vez en cuando despierta para arrasar tu cotidianeidad de manera silenciosa, discreta incluso, pero no por eso menos dañina e hiriente. Y mucho más hiriente, cuándo los sentimientos de otras personas lo inciden, lo dañan, lo prohíben, lo calculan y con un gran veneno, hasta lo trabajan, para que un gran amor de dos; no pueda prosperar, almas que no saben valorar, a nada ni a nadie ni siquiera el más divino de los sentimientos, creado por dios, por lo cual todos estamos respirando y nos mantenemos vivos “el amor”, y después de el; todo esta de mas; hoy actualmente ese amor ya no esta; sin embargó yo si y en el mismo lugar , y lo que menos se suponen esas vidas es; que los supe todo, su secretos, todos sus miedos, sus lagrimas, su impotencia, sus frustraciones, temores, complejos, hasta sus dudas; incluso hasta lo que se expresó en algunos momento de mi; el aire me lo dijo pero ¡ese aire! se lo lleva conmigo y hoy por hoy solo queda mi silencio Y la nostalgia por lo que no Tendremos nunca.
¡Y hoy solo me queda!
Mirar hacia atrás, y sólo encuentras el rastro del lastre que fuiste devastando; hasta llegar a donde estás ahora. Mirar hacia delante, y no veo mas nada, sólo un precipicio que lo mismo podría llevarme a la gloria como al desastre, aunque lo que más me angustia no es la posibilidad del desastre, sino la incertidumbre, el no saber ni siquiera si habrá futuro... Y aún así, pido por ella y en el fondo, se de sobra que la solución más sencilla sería dejar en paz lo que ya ocurrió y no pensar en lo que ni siquiera ha ocurrido todavía. Mirar a mí alrededor, aquí, ahora, ser consciente de lo que tengo, y olvidar lo que me falta, perdonar el que nos hirió, pegar un golpe definitivamente al pasado, ignorar el futuro como se ignora a un niño enrabietado, hasta que no quede más remedio que mirarlo de frente, porque se haya convertido en presente. Abrir la ventana, ventilar la atmósfera dilatada que te ahoga, y disfrutar del calorcito del sol.
Vivir el presente. Sin pensarlo demasiado.
Antes de que sea demasiado tarde… Y perdonar todo el dolor
“Con eso le hago percibir que yo si tengo temor de dios y mucha clase”

La gran ventaja de no darse nunca por completo a los demás es la imposibilidad de que el otro se lleve parte de uno cuando termine por marcharse. Ventaja ésta, la de la reserva, como tantas otras, envenenada. Porque quien se guarda algo de sí mismo en espera de que llegue alguien merecedor de recibirlo, puede terminar encontrándose con lo que guardó se quede obsoleto según pasa el tiempo, que se llene de polvo y telarañas y finalmente no sirva para nada y nadie lo quiera. Pero aunque las personas reservadas saben mejor que nadie lo alto que puede ser el precio de su hermetismo, el instinto de supervivencia suele ser más fuerte que la certeza de que esa actitud introvertida les cierra puertas que pueden no abrirse más de una vez en la vida.

Esa precaución ante los demás no es otra cosa que una especie de seguro de vida, como el que mete un paquete de pesos bajo el colchón aunque siga ingresando dinero en el banco. A pesar de confiar en que su dinero está seguro en el banco, algo le dice que no está mal tener un poco de efectivo a mano, por lo que pueda pasar. Un dinero de emergencia, para cuando la bancarrota llegue al banco y haya que empezar de nuevo desde cero.

Porque la gente tímida, por lo general solitaria, tiene especialmente desarrollado ese instinto auto protector que salvaguarda lo más hondo de cada uno de la hostilidad exterior, una parte de ellos mismos, mayor o menor según el grado de introversión de cada uno, que les lleva a guardar celosamente ciertas zonas de ellos mismos, a reservarlas para tiempos mejores, en espera de alguien que no termine por desaparecer, llevándose consigo partes de uno que jamás se recuperan. Una prudencia ésta tan inútil como frustrante: quizás el banco quiebre, o quizás no. (Baninter puede servir como ejemplo) Y si lo hace, seguramente los billetes de debajo del colchón ya no sean de curso legal.

Pero si lo son, si el dinero aún sirve, el reservado se sentirá seguro, dueño de sí mismo y su destino, porque nadie se habrá llevado nada suyo y habrá sobrevivido entero. Pero tampoco tendrá nada de nadie, porque nadie le habrá dado nada. Estará solo.

Porque el blindaje le habrá protegido de la adversidad, sí, pero también le habrá aislado de la tibieza del sol, de la caricia del viento... Y también del brillo de esos ojos, de la tibieza de aquel cuello, del aroma de ese pelo, de esa bella sonrisa….Te aísla de muchas cosas…. ¡verdad que si! Pero por lo menos duele menos cuando alguien se nos va….